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Su vida dejó una estela de Santidad

El 16 de abril de 1975, después de unos meses de penosa enfermedad, recibía el premio definitivo: el Señor lo acogía en su seno. Su vida dejó una estela de santidad, testimoniada por quienes le conocieron:


Si quisiera sintetizar su personalidad, afirmaría lo siguiente: un hombre de Dios, enamorado de la santificación de las almas, por el cumplimiento del deber y la entrega generosa a Cristo y el camino de la cruz y del amor y, además, poseyendo un gran sentido práctico y humano de la vida y del mundo, pero sin contemporizar ni por asomo con el espíritu mundano.


Creo que don Vicente fue un hombre de Dios con todas las consecuencias. Hombre de fe, eucarístico, enamorado de la Santísima Virgen, siempre apóstol, hombre de consejo y muy humilde; pero creo que las cualidades que más le distinguían o cualificaban eran la serenidad y objetividad de juicio, la capacidad de que gozaba para sintetizar y clarificar los problemas y la claridad y soltura con que expresaba sus opiniones y juicios, sin que jamás le importara otra cosa que la verdad al servicio de Cristo y de su Iglesia.


Un hombre de Dios. Entre sus virtudes más sobresalientes destacan la entrega a los demás, el afán por salvar almas; humano y sencillo.


La Eucaristía de sus exequias fue presidida por el entonces Arzobispo de Valencia, el Siervo de Dios, José Mª García Lahiguera, y concelebrada por los Obispos auxiliares y cerca de cien sacerdotes. La concurrencia de fieles fue masiva. A su tumba, en la Capilla de la Santa Cruz, de la Casa de la Madre de Dios, en Moncada, siguen acudiendo muchas personas para encomendarle asuntos y agradecerle las gracias recibidas.